domingo, 30 de diciembre de 2012

Relato nº 16: Pasión y lascivia madre e hijo.

Por primera vez me atrevo a revelar un secreto que he mantenido en estricta reserva por mucho tiempo y que atañe a una parte de mi vida caracterizada por la turbación, la culpa y la oscuridad, por una parte, y por el goce y el disfrute de los deleites carnales sin límite, por otra.
Fui madre muy tempranamente en mi vida de un bello varón. El padre del bebé en gestación se hizo humo, se desentendió de su paternidad. Mi familia, por otra parte, me repudió y me envió a un convento de monjas de claustro. Yo era muy joven, estaba muerta de miedo, colmada de incertidumbres y, encima, estaba encinta. Lo veía todo negro, sin perspectivas, sin futuro. Sin embargo, ese monasterio no parecía tan malo dentro de todo. En aquel lugar me ganaba el sustento y el cobijo propio y el de mi niño trabajando de sol a sol para las monjas. Hacía labores de limpieza, de criada.
A medida que mi hijo fue creciendo fue necesitando de instrucción. Yo no quería quedar al margen y delegar completamente la educación de mi hijo en terceras personas y por eso decidí prepararme para estar a la altura. Terminé mi educación secundaria por medio de cursos por correspondencia y exámenes libres validados por el Ministerio de Educación. Más tarde proseguí estudios superiores a través de un sistema, pionero en aquel entonces, de educación a distancia vía Internet. En eso las monjas me apoyaron mucho, me pasaron un ordenador para mi uso exclusivo y el servicio de Internet ilimitado estaba en todo el convento. Con mucho esfuerzo me gradué en administración y dirección de empresas, con énfasis en finanzas, en una universidad pública.
Con mis nuevos conocimientos las monjas me ofrecieron un puesto de trabajo en el área de administración del monasterio. Me empezaron a pagar una remuneración justa y habilitaron para mí y mi hijo un pequeño apartamento en un sector aislado e independiente de la abadía. Esta vivienda, que reemplazó al cuarto que nos había servido de albergue por años, constaba de dos habitaciones, un pequeño salón-comedor, cocina y un baño. Era muy mono y estaba amueblado y sobriamente decorado.
Con el tiempo me nombraron Administradora General del convento y, más tarde, también  asesora financiera de la orden a la que pertenecían las monjas. Tenía un sueldo bastante bueno, incluso mejor que el promedio de mercado para  cargos de trabajo análogos, considerando que teníamos vivienda, servicios básicos y alimentación sin coste extra.
La relación con mi hijo siempre fue muy estrecha, granítica. A medida que él se hacía hombre, guapo, varonil, amable, seductor innato, deportista, estudioso, etc., yo lo dejé de ver como al niño indefenso que requería de protección y lo comencé a ver como al varón de la casa, la figura masculina de nuestra familia.
Poco a poco lo empecé a admirar tanto por sus logros en el plano educativo como por sus cualidades personales. Después me atrajo también su virilidad, su vigor, su cuerpo fornido y bien tonificado, su porte, su estampa de galán. Sí, me fui sintiendo con el paso del tiempo, cautivada, deslumbrada, embelesada por mi hijo. Sin embargo, al mismo tiempo, experimentaba culpa por aquello que había germinado en mí. Era algo que los cánones de la sociedad decían que no debía ser, que no era correcto. Tampoco sabía si mi sentimiento era correspondido por mi hijo. Muchas veces una vocecilla interna, un grillo, voceaba insistentemente en mi mente:
—¡ábate, quítate del camino sentimental, sexual de tu hijo y cíñete estrictamente a tu rol de madre!
Pero no quería, o más bien dicho, no podía, era superior a mí, no tenía las fuerzas suficientes para hacerlo. Sentía que me encontraba más allá del punto de retorno, no podía detenerme.
Traté de subyugar aquellos pensamientos impuros, impropios de una madre para con su hijo, según los preceptos de la sociedad en la que vivía.  Pero solo logré disimularlos, encubrirlos ante él y la demás gente. Pero durante mis solitarias noches resurgían con ímpetu y brío, con impudicia asombrosa. Cada noche me masturbaba, estimulaba mis genitales y mis zonas erógenas manualmente, y experimentaba uno o varios desfogues lujuriosa y colosalmente placenteros pensando en que mi hijo me follaba, en que yo rodeaba el glande de su rabo con mis labios y luego le chupaba la polla, en que su semen caliente bañaba mis tetas o llenaba mi vagina, en que mis fluidos íntimos eran sorbidos y paladeados por él con ansia, con fruición.
Al principio, después de hacerlo, de autosatisfacerme pensando en que mi hijo me hacía su mujer, me follaba con pasión, me sentía culposa, sucia. Con el paso del tiempo ya no experimenté tanto dicha sensación, cada día menos, pues por una indescifrable razón fui racionalizando poco a poco el tema, le fui sustrayendo la carga moral impuesta exógenamente, le fui quitando paulatinamente el peso de las reglas sociales y religiosas y me liberé, me emancipé de las ligaduras que no me dejabar gozar a plenitud. Me autoconvencí que no era algo para estar verecunda, pues solo era una de las muchas formas que tiene la sexualidad de manifestarse. Entonces me abrí al goce masturbatorio incestuoso en toda su integridad. Pero hasta entonces no pasaba de ahí. Lo hacía en secreto, en silencio, a oscuras, con sigilo. Convertí a mi cama en un testigo ignoto y afásico de mi accionar nocturno, de mis anhelos impúdicos, lascivos, concupiscentes, del apetito carnal desbordado para con mi hijo.
Una noche, en medio de una sesión de onanismo, me levanté a buscar agua helada a la cocina. Estaba excitada, caliente, y pensé, ilusamente, que un poco de agua helada aplacaría mi fuego interno, aminoraría las llamas del deseo sexual incestuoso.
Por lo avanzado de la noche creí que mi hijo dormía profundamente y por eso me levanté tal y como me metía en la cama todas las noches: sin ropa interior alguna y con un camisón corto, de tela delgada. Esta vez, además, el tejido del que estaba confeccionada mi camisa de dormir era semitransparente, dejaba ver con claridad mi figura delgada, mis tetas voluptuosas con sus pezones erectos, mi cintura de bailarina de ballet, parte de mi vagina y vello púbico cuidadosamente rasurado en forma de pequeño triángulo. Por detrás mi culo compacto, redondeado y respingón también quedaba expuesto. Completaban el cuadro una melena rubia, un rostro grácil de finas facciones, un par de ojos color azul celeste, una boca enmarcada en unos labios carnosos y sugestivos, amén de unas piernas esbeltas, blancas, tersas y bien torneadas, fortalecidas y vigorosas.
Estando en la cocina escuché unos pasos aproximarse y la voz de mi hijo decir:
—¡mamá!
Me giré hacia la puerta de la cocina sin tomar conciencia de mi semidesnudez ni de los signos físicos de mi estado de excitación sexual. Vi a mi hijo con el torso y piernas desnudas, cubriendo sus partes pudendas con un diminuto slip que hacía resaltar su pene gordo y largo.
—Parece que … a ti…también…te dio…sed  —me dijo con voz entrecortada al observar,  como nunca antes, mi cuerpo semidesnudo expuesto a su mirada penetrante.
En aquella ocasión noté por primera vez que mi hijo me miró con ojos libidinosos, lujuriosos. Incluso alcancé a atisbar, antes que parapetara su entrepierna contra un mueble de la cocina, que su rabo se levantaba deprisa. Eso me dio a entender a las claras que mi hijo podía sentirse atraído sexualmente por mí, que me podía ver como lo que era, una mujer con apariencia juvenil, atractiva, sensual, capaz de sentir y dar dicha carnal, y no solamente como a una madre.
Aquella noche, aquella situación, marcó un punto de inflexión, un antes y un después, en la relación de mi hijo conmigo y viceversa. Yo comencé a comportarme diferente frente a mi hijo. Me propuse seducirlo, tentarlo con cierto disimulo. Me empecé a duchar con la puerta del baño entreabierta, me cambiaba ropa sin cerrar la puerta de mi cuarto, en casa andaba con ropa sexy, vestidos cortos, braguitas minúsculas, pechos sin sujetador y, quizás lo más relevante, una actitud liberal y de seducción continua, una conducta que daba a entender, más allá de lo aparente, que esta mujer quería conquistar a ese hombre, a esa encarnación viva del deseo en que se había transformado mi hijo.
Él también hizo cambios: se paseaba a menudo en calzoncillos o bañador por la casa, me miraba repetidamente y sin pudor mi escote, mis tetas desnudas, desprovistas de sostén; clavaba su mirada en mi culo, en mi entrepierna, me fisgoneaba cada vez que me duchaba y cambiaba de ropa. Unas cuantas veces lo vi masturbarse al interior de su dormitorio al tiempo que pronunciaba entre dientes cosas como:
—Así mamá, chúpemela entera, lame mis huevos, bébete mi leche, mami.
—Mamá dame tu culito para follártelo…para rompértelo. Abre tus piernas para que mi polla entre en tu coño y te haga gozar, te haga correrte a lo bestia.
—Mamá, déjame chuparte las tetas, acariciarte con mi lengua tu clítoris, succionar y beber con mi boca tus jugos íntimos, comer a besos y caricias tu ojete anal,…   
—Así mamá, pajéame hasta que me corra y mi leche bañe tu cara y empape tus tetas.
La primera vez que presencié uno de estos actos y oi una de estas frases quedé atónita, pasmada, incrédula en un primer momento. Al minuto siguiente me venía una sensación de dicha por sentirme ansiada, apetecida por quien yo tanto deseaba carnalmente. 
Varias veces en mi trabajo, luego de aquello, a solas en mi despacho, venían a mi mente imágenes de mi hijo cascándose el pene y retumbaban en mi cabeza aquellas frases guarras, obscenas, golfas que aludían a mí. Me excitaba de sobremanera al punto que debía concurrir al baño de mi despacho para alivianar la calentura con mis dedos, con gemidos sordos, enmudecidos por temor a ser sorprendida por una de las monjas.
Un viernes después del trabajo llegué a mi casa y al creer que mi hijo no estaba, me desnudé en mi cuarto y me fui así al baño para tomar una ducha reparadora. De vuelta a mi habitación vislumbré por el rabillo de un ojo a mi hijo, oculto en un rincón de su cuarto, pajeándose y mascullando sus frases guarras ya habituales. Impulsivamente me detuve, desnuda como estaba, y me asomé a mirar y oír.
—Así mamá, córrete, córrete y déjame sorber el elixir de tu coño con mi boca.
Sentí un escalofrío de fogosidad, de vivo deseo sexual, que me estremeció y recorrió mi cuerpo de la cabeza a los pies. Apenas pude corrí a mi cuarto y me encerré por más de una hora, aunque mi real anhelo era abordar a mi hijo y follar con él hasta quedar agotados, con mi cuerpo regado de semen y el suyo empapado con mis jugos vaginales.
Luego de tranquilizarme salí de mi dormitorio y fui a la cocina a calentar la cena que la monja a cargo de la cocina me había pasado al salir de mi trabajo.
Cenamos con abundante vino y conversamos de temas cotidianos y triviales, No obstante, mis achispados sentidos captaban algo extraño en el ambiente, algo que estaba a punto de bullir, de explosionar, de estallar. De pronto, en medio de la sobremesa y de mis cavilaciones, mi hijo me espeta:
—Mamá ¿me harías un favor?
—Sí, por supuesto cariño ¿de qué se trata? —respondí casi musitando, embargada por la sorpresa y por el temor —y la secreta esperanza— de que se tratara de algo vinculado con lo ocurrido hacía un rato y con la sensación ambiente por mí percibida.
—¿me dejarías bailar contigo, bailar juntitos algo romántico y sensual?
—¿sensual?
—Sí mamá, sensual, como un hombre y una mujer que se quieren ¿o me vas a negar que me quieres, que nos queremos más allá de como madre e hijo?
Un silencio sepulcral inundó el lugar. Sabía para dónde iba esa invitación, sus palabras lo trasuntaban nítidamente. Quise negarme, excusarme de cualquier manera, pero no podía porque él decía la verdad. Yo lo deseaba, nos deseábamos como un hombre y una mujer. Además el alcohol me hacía estar más desinhibida y con menos control de mi misma, avivaba la calentura que aún llevaba en el cuerpo.
—¿qué dices mamá? ¿bailamos? —insistió inquisitivamente.
—Sí —susurré excitada, caliente.
En un pispás estaba entre sus brazos, cogida de la cintura, con nuestros cuerpos muy cercanos y danzando con música suave, sensual, sugerente, provocativa.
Con el transcurrir del baile, mi hijo fue pegando su cuerpo al mío hasta el punto que mis tetas se hundían en su pecho y mi entrepierna húmeda abrazaba alegremente su pene. Recuerdo como si fuera hoy que en aquel instante me desaté, perdí el escaso control que aún mantenía de mi ser, dejé fluir todas mis ansias erótico-incestuosas acumuladas por tanto tiempo, todas las ganas  canalizadas en aquellas interminables noches de onanismo se hicieron carne en ese momento. Mis labios se unieron a los de mi hijo en un beso monumentalmente pasional, húmedo, con lengua, inacabable, liberador. Segundos después mi vestido caía al suelo e igual suerte corría mi pequeño calzón por acción de las ágiles manos de mi hijo. En paralelo le quitaba su camisa y bajaba sus pantalones, calzoncillos incluidos. La larga y gruesa verga de mi retoño se erguía orgullosa entre mis manos pidiendo ser agasajada.
Instantes más tarde estaba arrodillada, completamente desnuda, chupando aquella grandiosa polla de mi hijo, pero que en ese momento era más mi hombre, la viva materialización de mi apetito sexual refrenado. De fondo, como banda sonora, escuchaba las ya familiares guarradas de él para conmigo:
—Así mamá, chúpemela entera, mámamela, cómetela toda, lame mis huevos, mami...
—Chúpala más mamá que quiero correrme en tu boca, inundar de semen tus tetas, impregnar tu cara con mi leche caliente…
Unos minutos más tarde una enorme columna de semen brotaba de su pene alcanzando de lleno en sus fetichistas blancos: mi ávida boca, mi rostro y mis senos. Sentí mi cuerpo sacudirse, remecerse de un hondo placer indescriptible, coronado con un exquisito y prolongado orgasmo. Paramos un rato para saborear el momento y limpiarme la cara y los pechos con un pañuelo de papel.
Superado aquello, nos cogimos de las manos y nos fuimos a mi cuarto. Él me recostó boca arriba en la cama y se sumergió de lleno en mi entrepierna,  tomando por asalto mi vagina. Mi clítoris lo recibió gustoso, erecto, y fue lamido, succionado y mordisqueado. Yo, con los ojos cerrados, me dediqué a disfrutar y a gemir sin límites.
Cuando reabrí mis luceros azules, vi que mis piernas estaban abiertas y apoyadas en los hombros de mi hijo. Su pene enhiesto empezaba a refregarse contra mi clítoris lo que hacía trastornar mis sentidos de puro gusto. Reanudé los gemidos que luego pasaron a ser resuellos, después resoplidos y, finalmente, fuertes jadeos. Ahora era yo quien profería guarradas:
—Así hijo, así. ¡Cómete el coño de tu madre!
—¡Fóllame, fóllame, fóllame! ¡Métemela toda, hasta el fondo, deprisa!
Entonces observé con alborozo indisimulado cómo aquella gorda, espléndida y extensa polla entraba y salía de mi matriz rítmicamente, dichosamente.
—¿te gusta mamá, te gusta cómo te follo? —inquirió mi hijo.
—Sí, sí, sí, siiiií ¡me encanta! ¡dame más, más, maaaaás! ¡métela más fuerte! —respondí excitada, caliente, en llamas.
El mete y saca se aceleró ostensiblemente hasta el punto de estremecer mi cuerpo por completo, todo él vibraba de gozo y me hacía gritar de placer, de regocijo infinito. Era algo que hacía largo tiempo ansiaba con todo mi ser. Además, por años me había mantenido inactiva sexualmente. Parecía una monja más.
Súbitamente se detuvo aquel delicioso mete y saca veloz. Mi hijo me pidió colocarme a gatas encima de la cama. Abrió mis labios vaginales y empezó a chupar anhelantemente de nuevo mi clítoris, con fruición, con pasión desbordada. Después, con igual ahínco, se dedicó a ensalivar mi virgen, nunca penetrado, agujero anal. Esto me asustó, me inquietó porque yo jamás había practicado el sexo anal y porque la tranca de él era muy gruesa, muy gorda.
—Mamá ¿puedo encularte, follar tu culito? —preguntó mi hijo entre chupeteos.
Dudé qué responder…quería complacerlo…estaba caliente, ardiendo…pero el temor al dolor me hacía tener recelo.
—Bueno, cariño mío, pero por favor ten cuidado que nunca me lo han hecho por ahí —rogué entre sollozos de calentura entremezclados  con miedo.
Se levantó con su falo en ristre y apuntó al objetivo, lo posó a la entrada de mi ano y comenzó a empujar despacio, muy despacio. Mi cuerpo temblaba, tiritaba de pánico.
—Tranquila mamá, si te duele mucho no lo hacemos. —apuntó mi hijo con voz dulce, al tiempo que sus manos sobaban mis tetas y recorrían mi vagina de un extremo al otro.
  
La penetración continuó lenta, pero incesante hasta que su escroto, sus cojones, tocaron mis nalgas. Me sentí atravesada, invadida, llena por dentro y algo dolorida. Mi hijo mantuvo quieto su pene al interior de mi culo mientras lo amansaba y magreaba por fuera. Paulatinamente la sensación de dolor fue cediendo y dio paso a una de placentero agrado.
El pene de mi hijo empezó a moverse hacia atrás y hacia adelante muy lentamente en un cadencioso vaivén que me provocaba goce, disfrute y que apaciguaba mi calentura.
—¿te gusta mamá cómo te la meto por el culo?
—Sí cariño, mucho —contesté, no podía mentir, me estaba gustando mucho, muchísimo.
Empecé a tocar mi clítoris y la sensación de placer creció notoriamente al extremo que reaparecieron los gemidos y los jadeos. Las exhortaciones guarras también se hicieron presentes:
—Dale hijo, dale más fuerte. ¡rómpeme el culo y llénalo de tu leche!
Instantes después, la tranca de mi retoño entraba y salía de mi culo sin cortapisas, con virilidad, con pasión, con lujuria, con lascivia. Yo, en tanto, transitaba entre los gemidos, los chillidos, los jadeos y los francos gritos de gozo inmensurable.
El entrar y salir anal de la gorda y larga polla de mi hijo seguía y seguía, incansable, imparable hasta que un chorro de semen espeso y caliente inundó mi culo y comenzó a escabullirse hacia fuera al saturar la capacidad de absorción de las paredes  internas de mi culo. Mi hijo se desplomó extenuado sobre la cama. Su rostro denotaba cansancio, pero sobre todo, un enorme placer.
Nos acurrucamos desnudos en la cama, besándonos y haciéndonos arrumacos hasta quedarnos dormidos.
  
Tres o cuatro horas más tarde desperté por la presión del pene duro de mi hijo luchando por reingresar a mi coño y volver a follarlo. Follamos varias veces más hasta que el cansancio pudo más que nuestra pasión y  lascivia. Pero recomenzamos las sesiones coitales a la mañana siguiente.
Desde entonces y por largo tiempo dormíamos juntos y follábamos todos los días, en las mañanas, apenas regresábamos a casa después del trabajo o el estudio y en las noches.

57 comentarios:

Anónimo dijo...

Wuauuuuuu Muy bien devo animarme , y que ganas de cojer dan despues de leer esto!!!! 10 puntos!!!!

Anónimo dijo...

Wuauuuuuuuu! Que relato lan maravilloso, como se ve qe te gusta la polla de tuh hijo. Culiona 20 Putuntoos!

damian dijo...

Me gusta el guevo mardita perra!

Anónimo dijo...

zarpado man! que buen relato!! 10 puntos! que peeerraaaaaa!!!!!!!!!!

Anónimo dijo...

woooooow q asco 5 puntos

Anónimo dijo...

Eres toda una putaaaa 10 puntos

Anónimo dijo...

Eres una hija
de tu puta madre

Anónimo dijo...

wau que ricura yo quisiera ser tu hijo

Anónimo dijo...

sho vos estuvo rico muy rrtricooo leer este relato

Anónimo dijo...

A mi .. m coje mi compadre tiene un verga gorda y tan grande .. cojemos cada q mi esposo se va a su trabajo .. el entra todos los dias a las 5:45 am .. a mi compadre le di una llave para q entre .. yo siempre lo espero acostada en mi cama .. nada mas en bata y sin ropa interior .. cada q llega lo primero q hace un chuparm la conchita m gemir y gritar d placer .. m muerde las tetas .. luego m da la vuelta y m penetra por el culo .. le mamo la verga y le meto los dedos x el culo .. hasemos el 69 .. primero se viene en mis tetas las cuales despues m las chupo las tengo grandes .. y por ultimo en mi vagina y x ultimo m la chupo .. tan cojemos en su carro .. yo m siento en la palanca d su carro mientras el m chupa las tetas .. somos dos depravados ya qm gusta cargarm sin ropa en su carro .. y siempre tocandome y eso m encanta ... m gustaria tu comentario

Anónimo dijo...

Mi madre mi pilló masturbándome y me pidió que siguiera, se desnudo y me dijo que quería masturbarse conmigo,

Anónimo dijo...

Yo entre en salón desnudo y con la polla Tiesa, sabiendo que estaban mi madre y mi hermana.no supieron que decir, mientras yo me masturbaba, mi hermana se levanto y me cogió la pilla delante de mi madre, se desnudo y le dijo a mi madre que me iba a follar. Madre se quedo en él sofá viéndonos desnudos, y nos dijo sería bonito verlo. Asi que folle a mi hermana delante de mi madre

Anónimo dijo...

Eeres una hija de puta te tienen que poner en la orca o en la gillotina te vas a ir al infierno eres una basura para la umanidad.

Anónimo dijo...

Eres una madre así lo algo con mi madre siempre yo también

Anónimo dijo...

K rrico

Anónimo dijo...

no entres a estas paguinas no seas pendejo o pendeja no mames

Anónimo dijo...

Hola, llámame 692201826... Me apetece conversar contigo y con tu Hermana, te gustan los tríos. Será interesante.

Anónimo dijo...

Yo quisiera hacer lo mismo con mi madre pero nunca me animé a nada. Muy buen y excitante relato.

Anónimo dijo...

Yo quisiera hacer lo mismo con mi madre pero nunca me animé a nada. Muy buen y excitante relato.

Anónimo dijo...

K exitante relato io kiziera zer tu hijo para tambien cojerte

Anónimo dijo...

Muy buen relato

Anónimo dijo...

Muy buen relato ,,, yo entre en el livin tome a mi hermana le saque la ropa y la empese a follar despues le toco a mimadre pero a ella la folle por el culo y se lo rompi despues ellas me lo mamaron y ellacule en aus caras

Anónimo dijo...

Me gusta el comentario yo me cogí a mi dos hermana bueno la primera no termine con ella estaba yo y ella borracho pero la otra lo hicimos en la cama de mi padre y madrastra y en un hotel en la casa de una amiga y ella le gusta mucho buen relato

Anónimo dijo...

Eso me gusts ere cabrona10

Anónimo dijo...

desde que vine del servicio militar mi madre se masturbaba, hasta que ella entro a mi cuarto y desesperada me pidio le de por culo, me dijo que le gusrava mi verga por que siempre queria una gruesa y larga como la mia y desde entonces la culeo casi todas las noches por culo

Anónimo dijo...

Woow q exitante admito me exite mucho...pues algo parecido me paso amii con mi tia q tiene 25 años

Anónimo dijo...

Buen relato se le para a uno, yo tengo ganas de hacerle lo mismo pero a mi cuñada chuparle el culito.
Los espantados porque entran a estos relatos son hipócritas que están deseando lo Mismo.

Anónimo dijo...

Yo tengo ganas de cojer con mi mamá. Una vez dormimos juntos y pude apoyarmela por detrás pero no hubo sexo. Ojalá se de..

Anónimo dijo...

Mal muy mal! Pero esta bueno!!

Anónimo dijo...

Yo quiero q pase con mi mami pero no ay nada

Anónimo dijo...

Yo kiero cojerme a mi mama pero no pasa nada

Anónimo dijo...

Eres una grandisa zorra puta XD

Anónimo dijo...

Pura mamada jajaja

Anónimo dijo...

Pinches relatos pendejos ..

Anónimo dijo...

Wuauu excelente ralato le doy 10 de 10 me encanto que ganas y deseo tengo dan unas ganas y deseo de follar después de leer esto..

Anónimo dijo...

Para los hp que critican y selas pican de santos por que mierda estan en sitio web como estos no sean sapos por otro lado bien 10 por el relato se me paro la monda y me toco pajiarme

Anónimo dijo...

yo kiero follarme ala mujer de mi tio ,tiene un culo y unas tetas como kisiera un calzon de ella para masturbarme asta quedarme devil

Anónimo dijo...

Deliciosisimo tengo 17 años soy hombre no se quien quiera follar conmigo soy de Perú

danny v dijo...

Manfame tu wasap

Anónimo dijo...

Exelente enia tu wasap

Anónimo dijo...

Rico kisiera una comadre asiiii...

Anónimo dijo...

Buen relato muy delicioso

Anónimo dijo...

Buen relato muy delicioso este es mi whatsap 0050587853119

Alberto. Romero dijo...

Mándame tu wuatsapp me calentó mucho tu relato

Unknown dijo...

Este relato esta con todo me exito amas no poder

Unknown dijo...

Este relato esta con todo me exito amas no poder

Unknown dijo...

E

Unknown dijo...

E

Hhhm dijo...

E

Anónimo dijo...

Yo me foolle a mi Prima

Unknown dijo...

Quien se apunta les dejo mi correo Norvingmoreno@gmail.com

Norving Moreno dijo...

Muy bueno verdad

Norving Moreno dijo...

Hola escribime

Norving Moreno dijo...

Q rico mandame tu WhatsApp 0050661796072 es el. Mio y mi correo Norvingmoreno@gmail.com

Anónimo dijo...

Qué rico rico Qué delicia bebé huy que rico el PANOCHITO de la propia mamá hummmmmmmm que ganas y más yo Qué vi más de una vez el pene de mi papá metido hasta el puro fondo de ella
Mí papá de espaldas a la cama y de cuclillas y ella de espaldas a él sentada en el pene de ÉL zzxxxiiiccccoooo
Yo quiero contigo MAMÁ

Anónimo dijo...

Eso no es nada un tiempo atrás viví con mi madre los dos solos en un Depto y un día que llego borracha se metió a su cuarto y pude ver por un orificio de la puerta como se encueraba le vi sus grandes tetas después se quito el calzón y pude ver su hermosa verija acto seguido empezó a masturbarse delante del espejo después agarro un delineador como consolador y se lo metió en la panocha pude ver claramente como se metía el consolador porque su panocha quedo hacia el orificio de la puerta al mismo tiempo que la veía tocarse sus tetas yo me hacia una rica chaqueta pensando como se vería mi verga atravesando su verija esa escena me hizo explotar con una eyaculacion tremenda como nunca la había tenido fueron varias las ocaciones que la vi masturbándose tuve la oportunidad de brincarme por la ventana abrirle las patas y saborear aquella panocha la cual pedía verga y semen al interior hoy en día todavía tengo la fantasía de cogermela aveces cuando la he visitado me a tocado ver como se cambia de blusa con las tetas al aire ya invite a un temaxcal donde probablemente pueda insitarla a cojer poder rellenarle su verija asta que le escurra por sus piernas.

Anónimo dijo...

Alguna vez viste a tu madre deznuda con las teatas al aire y masturbándose la panocha